Es tentador definir al experto simplemente como el que conoce sobre un campo delimitado del saber. Pero este enfoque encuentra rápidamente sus límites, en cuanto se reconoce la necesidad de diferenciar el experto del científico o incluso del especialista. El experto se define en efecto menos en sí mismo, que como el vector de una respuesta a una solicitud de conocimiento.
El experto es por tanto más que un científico y que un especialista puesto que combina una competencia abierta y una aptitud a comunicar sobre su tema.
Se percibe en esta fase que el experto debe tener tres grandes cualidades:
Este cuadro es revelador de los puntos de debilidad potenciales del experto: no ser bastante sabio, carecer de juicio (el más grave) o comunicar mal. Pero se da cuenta de que se puede acusar al experto de comunicar "demasiado" bien y de encubrir así posibles insuficiencias de fondo.